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3-Textos complementarios
Einstein: Para nosotros físicos
convencidos, el tiempo es tan sólo una ilusión
La irreversibilidad no es más
que una ilusión, suscitada por condiciones iniciales
improbables
La diferencia entre pasado y futuro no es
más que una ilusión aunque sea tenaz
Carmen Mataix : Así resulta que la
Flecha del tiempo que dirige la evolución del universo
aumentando su entropía y disminuyendo su energía
organizada transcurre en una dirección opuesta a las de los
seres vivos en cuya evolución van apareciendo especies cada
vez más complejas
Popper Karl: El determinismo Laplaciano es
el obstáculo más sólido y grave para la
explicación y la defensa de la libertad, la creatividad y
la responsabilidad humana
Analogía entre los procesos del
mundo natural como lo estudian los científicos y las
vicisitudes de los asuntos humanos como lo estudian los
historiadores (Collingwood)
Griegos: comprensión de la
naturaleza y construcción democracia basada en libertad y
responsabilidad
Carlos Muñoz Gutiérrez:
modelo de racionalidad que afronte el vacío de la ciencia
pero a la vez la complejidad de la vida
Stewart: La cuestión es no si Dios
juega o no a los dados, sino cómo juega
4-TIEMPO SAGRADO
Josef Ratzinger:
1-La última amenaza del hombre es la
muerte
2-El hombre conseguirá la verdadera
liberación cuando quede liberado de la muerte
3-La liberación es liberación
para la vida
4-Por la Encarnación se introduce el
tiempo en el espacio de la eternidad
5-En el Hijo coexisten tiempo y eternidad
6-La eternidad de Dios es dominio sobre el
tiempo
7-El primer día es el día del
comienzo de la Creación
8-Someted la tierra es reconocerla como don
de Dios, no esclavizarla
9-El día octavo, o sea el primero,
expresa el tiempo nuevo: unión definitiva de Dios con sus
criaturas. Es recuerdo de la creación y teología de
la esperanza.
10-El monoteísmo solo podía
surgir en el desierto, no en ciudades o en países fértiles
11-La Pascua cristiana debe celebrarse el
domingo después del primer plenilunio de la primavera: se
une el calendario solar con el lunar
12-El 25 de marzo se ve como el día
de la Creación. Y es el día de la Concepción
13-La muerte se convierte en resurrección
y desemboca en la vida eterna. Se une el calendario de la luna
(caducidad) con el del sol (sunday)
14-La liberación de la muerte es la
liberación del cautiverio del individualismo, de la
incapacidad de amar y de comunicarse
15-El Resucitado no se queda solo atrae a
si a toda la humanidad y da lugar a la comunión entre todos
los hombres.
16-Unidad del tiempo cósmico e
histórico: eso es la Resurrección
17-Por medio de la resurrección el
hombre queda unido a Dios para siempre
18-El primer día es el día
del comienzo de la Creación. La nueva creación asume
la antigua
19-Lo cósmico: sol, lo histórico:
luna
20-San Juan: teología de la Pascua
mismo nivel que teología de la Encarnación
21-Los santos constituyen en cierto modo,
los nuevos signos zodiacales cristianos en donde se refleja la
bondad de Dios.
22-Sábado: es visión de
libertad: esclavo y amo son iguales en ese día, es símbolo
de la alianza entre Dios y el hombre
23-La meta de la creación es la
divinización: un mundo de libertad y de amor
24-La suma de ciclos refleja el gran ciclo:
personal, social y universal
25-Salvación significa liberación
de la finitud
26-El amor es entendido como
dependencia y en su lugar se coloca la autonomía y la
autarquía: ser un dios por propio poder.
5-Siete
Grandes desafíos al Evangelizar
El
Cardenal Paul Poupard nos ofrece su perspectiva de los 7
principales retos que enfrentamos como Iglesia en la era moderna
para una evangelización más eficaz.
1. El desafío
de la verdad frente al pensamiento débil
La post-modernidad se
caracteriza por la aparición de una nueva racionalidad. La
razón autónoma, privada de la ayuda de la fe, ha
recorrido caminos que han conducido a Auschwitz y al Gulag. Era
normal que se llegara el hastío y ala búsqueda de un
nuevo modo de racionalidad, El hombre postmoderno es hedonista y
consumista, como le enseña el sistema. A diferencia del
escriba prudente del que hablaba Jesús, que sacaba del
arcón lo viejo y lo nuevo, nuestro hombre compra cada
mañana una cosa nueva y ala tarde la tira porque es vieja.
Relativista y escéptico, prefiere un pensamiento débil
y fragmentario que no le comprometa a nada. Humberto Eco define
nuestra época como la época del feeling, el
sentimiento, sobre la verdad. Se vive de impresiones, de impactos
sensoriales o emocionales, de lo efimero.
Es precisamente en la
concepción de la verdad y de la razón donde con
mayor fuerza se deja sentir la crisis de la modernidad. Según
Vattimo, el único espacio que queda libre consiste en
«abrirse a una concepción no metafísica de la
verdad ... En términos muy generales ... se puede decir que
la experiencia post-moderna de la verdad es una experiencia
estética y retórica» (13). Cuando fracasan
estrepitosamente los mitos de la modernidad que habían
constituido su bandera, es la razón misma la que se
repliega desencantada sobre sí misma y renuncia a su más
alta vocación, la búsqueda de la verdad,
contentándose en lugar de ello con verdades parciales y
fragmentarias. Oyendo hablar de verdad, nuestro mundo responde con
la pregunta cínica y desengañada de Pilatos: ¿y
qué es la verdad?
El cristianismo, en
cambio, se presenta con algunas exigencias filosóficas
irrenunciables, que Juan Pablo II ha expuesto en la encíclica
Fides et Ratio. La religión del Logos encarnado no puede
renunciar a la razón y ala pretensión de hallar la
verdad toda entera. «Sólo deseo reivindicar la
capacidad que el hombre tiene de conocer esta dimensión
trascendente y metafísica de manera verdadera y cierta,
aunque imperfecta y analógica» (Fides et Ratio, 83).
El cristiano no puede renunciar al anuncio de la verdad,
convencido de que la necesidad más radical del hombre es
saciar el hambre de verdad, y que la peor forma de corrupción
es la intelectual, que aprisiona la verdad en la injusticia,
llamando al mal, bien e impidiendo el conocimiento de la realidad
tal y como es.
¿Cómo
reconciliar la religión del Logos encarnado, cuya
pretensión fundamental es la de ser religio vera, con una
cultura que ha renunciado a toda pretensión de conocer la
verdad? ¿Cómo hablar de verdad a una cultura que
aborrece instintivamente conceptos y palabras fuertes? (14). Este
es el desafío que tenemos planteado, para el que yo no veo
más solución que proponer, no ya la verdad, sino una
cultura de la verdad. Una cultura de la verdad hecha de inmenso
respeto y acogida hacia la realidad, traducida en respeto hacia la
persona, que es la forma eminente de lo real. En esta cultura de
la verdad, en la que la dimensión de la atención, el
cuidado, la sensibilidad, la búsqueda humilde adquieren un
protagonismo especial, es posible reconciliar la razón y el
sentimiento que la postmodernidad juzga incompatibles. Y así,
paradójicamente, San Agustín se vuelve más
actual que nunca, al realizar en su vida la unión entre la
verdad y el sentimiento. Agustín dice «ve adonde tu
corazón te lleva» -como reza el título de la
novela de Susanna Tamaro-, «es decir, hacia la verdad».
2. Anunciar a
Jesucristo en la era del New Age
Íntimamente
vinculado al desafío anterior está el que constituye
anunciar a Jesucristo en una era de religiosidad salvaje. Se ha
hablado mucho en los últimos tiempos del «retorno de
Dios, como si Dios hubiera estado alguna vez lejos del mundo y del
hombre, o, con más precisión, del regreso de una
religiosidad salvaje. Podemos así aventurar una primera
constatación a la profecía con que abríamos
esta conferencia: sí, el siglo XXI parece más
religioso que el precedente. La cuestión no está en
saber si nuestro tiempo creerá o no, sino en qué
creerá. Si Heidegger definía la modernidad como un
estado de incertidumbre acerca de los dioses, la post-modernidad
representa en cambio el regreso triunfal de los dioses. No del
Dios personal que se ha revelado en Jesucristo, sino de los dioses
y las mitologías y religiones pre-cristianas, entre las que
los cultos célticos, por su vinculación a la
naturaleza, adquieren un especial relieve. Cultos pre-cristianos,
que en cada región adquieren una coloración
especial: si en la Europa atlántica se trata de mitologías
célticas, en la América Hispana se vuelve a los
cultos precolombinos, o incluso, como en algunas partes de Europa,
entre ellas España, se añora un pasado musulmán
idealizado como una especie de edad dorada que la llegada del
cristianismo ha venido a destruir. Del regreso alas mitologías
pre-cristianas pasamos a la magia, el ocultismo y el preocupante
aumento de las sectas satánicas. Umberto Eco, nada
sospechoso de beatería, tiene razón cuando cita al
gran Chesterton para describir la paradoja actual: «Cuando
los hombres dejan de creer en Dios, no es que no crean en nada.
Creen en cualquier cosa» (15).
Se trata del regreso de
una religiosidad salvaje, que el cardenal Lehmann ha definido
«teoplasma», una especie de plastilina religiosa a
partir de la cual cada uno se fabrica sus dioses a su propio
gusto, adaptándolos a las necesidades propias (16).
De nuevo se plantea ante
nosotros el desafío en toda su formidable magnitud: ¿cómo
anunciar en medio de este magma religioso, en el gran supermercado
del bricolaje religioso, a Jesucristo, el Hijo de Dios hecho
hombre, que ha dejado la Iglesia en la tierra como signo y
continuadora de su misión entre los hombres? Aquí es
donde se requiere toda la audacia del evangelizador, recordando
las palabras, hoy más actuales que nunca, de Juan XXIII en
la inauguración del Concilio Vaticano II, que pude escuchar
personalmente siendo su colaborador: «una cosa es el
depósito mismo de la fe, o las verdades contenidas en
nuestra doctrina, y otra el modo en que éstas se enuncian,
conservando, sin embargo idéntico sentido y alcance»
(17).
En este contexto adquiere
también una actualidad especial un tema que ha sido
reiteradamente propuesto por el Santo Padre y que en los días
pasados hemos tratado ampliamente en el Consistorio apenas
concluido: el diálogo interreligioso. Ya Juan Pablo II
había señalado el diálogo con los creyentes
de otras religiones como una prioridad en la carta de preparación
al gran Jubileo, reiterado después en el mensaje que nos ha
dejado a conclusión del año Jubilar (18). Es un
imperativo inaplazable para proponer una firme base de paz y
alejar el espectro funesto de las guerras de religión que
han bañado de sangre tantos períodos en la historia
de la humanidad. Se trata de un diálogo difícil,
hecho de respeto, tejido con amorosa paciencia, que no se cansa ni
se deja vencer ante los primeros reveses, que, sin embargo, nunca
puede reemplazar el anuncio explícito de Jesucristo, que es
el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6). Es un diálogo en
perpetuo equilibrio entre la búsqueda de caminos de
colaboración con otros creyentes, especialmente en la
defensa de la vida y en la lucha contra el materialismo
asfixiante, y la necesidad de evitar que degenere en sincretismo.
Donde todo vale lo mismo, en definitiva nada vale nada. Yo mismo,
tras haber dedicado años de estudio al fenómeno de
las religiones (19), estoy convencido de que de su estudio, bien
orientado, es un camino que acaba conduciendo a Cristo, en quien
toda realidad humana, incluida la religión, alcanza su
plenitud.
El diálogo no
puede sustituir a la misión, ni convertirse en un consenso
de mínimos. Como actividad inteligente, según la
llamaba Pablo VI, es un camino hacia la verdad, a la que se llega
a través de la experiencia del encuentro entre personas.
Por eso, en realidad, creo que más que de diálogo
entre religiones, habría que hablar de diálogo entre
religiosos. El diálogo, que es una categoría
eminentemente personal, tiene lugar siempre entre dos sujetos
personales, y cuanto mayor y más profunda sea la
experiencia de Dios de quienes dialogan, tanto mayores cotas de
autenticidad alcanzará. El diálogo no puede nunca
renunciar a presentar a Jesucristo buscando hacerse aceptar más
fácilmente, ni escamotear el misterio trinitario, pensando
que es un escollo en la predicación. De nuevo el paradigma
ha de ser el del escriba sabio y prudente, que sabe sacar del
arcón lo viejo y lo nuevo en su diálogo con los
creyentes de otras religiones, según las necesidades de sus
interlocutores, acompasando su conversación al paso de
éstos. A veces tendrá que contentarse con un simple
conocimiento mutuo, en la esperanza de que un pequeño
puente tendido hoy pueda mañana servir de intercambio
fecundo entre creyentes.
3. Persona humana y
familia
El tercer gran desafío
de nuestra época tiene como objeto directamente al hombre.
El inicio del Milenio nos sorprendió con el anuncio oficial
hecho por F. Collins y C. Venter, del desciframiento completo del
genoma humano, la monumental enciclopedia donde con sólo
cuatro letras está escrito el hombre. Unos meses después
llegan voces confusas de que en algunos centros de investigación
se han modificado genéticamente algunos embriones durante
el proceso de fecundación in vitro. Desde diversas
instancias se solicita la clonación de embriones humanos
con fines terapéuticos, o al menos así se dice.
Debemos rendirnos ala evidencia: la clonación reproductiva
de seres humanos es técnicamente posible, y será muy
difícil evitar que algún grupo de científicos,
empujados por un deseo prometeico de traspasar una frontera hasta
ahora considerada inviolable, se decidan a clonar un ser humano. A
la repugnancia que ahora nos produce esta consideración,
acabará sucediendo en la opinión pública
primero una especie de resignación ante los hechos
consumados, y después, una decidida aceptación.
Hemos llegado así al borde de los escenarios futuristas
descritos por Aldous Huxley, hace más de 60 años en
su conocida obra Brave New World, Un mundo feliz, donde los seres
humanos son producidos, sometidos a precisos controles de
cualidad, y ya no engendrados.
El hastío
producido por el desarrollo implacable de la técnica, que
invade todos los dominios de la vida humana, no ha logrado impedir
la difusión de una mentalidad que considera al hombre como
objeto, y no como sujeto, y por tanto, capaz de ser manipulado o
modificado para adaptarlo a los estándares de producción.
En un mundo así, los débiles, los enfermos, los
ancianos, los que no poseen un cuerpo hermoso, están
destinados a una progresiva marginación. La aprobación
de la eutanasia activa en Holanda, es sólo el primer paso
de un proceso que acabará imponiéndola en los demás
países para eliminar, so capa de humanidad, los elementos
menos productivos del sistema económico y que más
recursos consumen. Está por otra parte la desintegración
del modelo familiar. La aprobación de leyes reguladoras de
las parejas de hecho en toda Europa, y cuyo último e
inconfesado fin es el de equiparar las uniones entre homosexuales
al matrimonio monoparental. El aumento espectacular de matrimonios
deshechos, de uniones irregulares, con hijos procedentes de
diversos padres... todo tiene un profundo impacto en la sociedad.
La visión antropológica de la compiementariedad de
sexos, entre el hombre y la mujer, cede a la ideología del
género, tal y como se presentó en la cumbre mundial
de Pekín (1995): cada uno configura su propia orientación
y comportamiento sexual libremente, sea heterosexual, homosexual o
bisexual, como un derecho ejercido libremente.
Inútil decir que
para la Iglesia se trata de un desafío epoca]. La
desintegración de la persona, irá dejando a los
bordes del camino seres maltrechos y heridos, a quienes la Iglesia
habrá de recoger con infinito amor: personas que se
declaran abiertamente homosexuales, producto de complejas
situaciones familiares y afectivas, y de la educación
ambiental, para quienes será necesario hallar un espacio en
la Iglesia, sin renunciar a la verdad acerca del hombre. Nos
hallaremos cada vez más con más personas que han
sufrido un proceso de maduración personal deficiente,
marcados por profundas carencias afectivas y emotivas. Acaso niños
creados en laboratorio, a quienes no dejaremos de acoger, aun
cuando denunciemos a quienes recurren a las técnicas de
clonación para traerlos al mundo. Y al mismo tiempo, la
presión será cada vez mayor contra quien ose
desafiar la medida social impuesta, es decir, contra las familias,
unidas, estables y abiertas a la vida, a toda la vida, desde su
concepción hasta su fin natural.
A este hombre del siglo
XXI, prófugo, vagabundo de afecto, es a quien hay que
anunciar el misterio de la íntima comunidad de personas en
Dios Trinidad, la Encarnación del Hijo en el seno de una
familia, la llamada a la comunión con los demás en
la familia de los hijos de Dios, desarrollando un proyecto de vida
en un matrimonio o en la vida comunitaria.
4. Ser cristiano en el
mundo de la economía globalizada
Nuestro recorrido por las
tareas que la Iglesia debe afrontar, nos pone ante una pregunta
formidable: ¿cómo ser cristiano en un mundo
globalizado?
Un vistazo somero a los
periódicos y a las agendas culturales nos confirma que
«globalización» es la palabra de moda en los
foros y seminarios de discusión internacional. La
globalización económica y cultural es un fenómeno
sumamente complejo que estamos tratando de descifrar. Prueba de
esta complejidad es lo que se ha dado en llamar «el pueblo
de Seattle», la contestación radical a la
globalización, que paradójicamente es un producto de
la globalización misma, pues ha logrado amalgamar elementos
tan heterogéneos como los pueblos nativos americanos,
movimientos anarquistas, sectas orientales, desocupados y sin
tierra, procedentes de todo el planeta, y ello gracias al
principal motor de la globalización, que es la Internet.
Por eso el juicio acerca
de la globalización ha de ser prudente. Contiene elementos
muy positivos, que facilitarán enormemente el intercambio
entre pueblos diversos, y también -¿por qué
no?el anuncio del Evangelio. El riesgo es el de una
homogenización, no sólo lingüística,
diseñada por unos pocos y difundida a través de
medios de comunicación potentísimos que lo invaden
todo, que sería una amenaza para la libertad.
Para la Iglesia, el
compromiso principal en la hora actual está en la defensa
de los débiles, especialmente de los nuevos esclavos que la
globalización está produciendo. Estamos ante un
fenómeno migratorio sin precedentes en la historia de la
humanidad. El descenso de la natalidad en Europa y el aumento de
la demanda de mano de obra, hacen necesaria la llegada de
trabajadores extranjeros. Según datos recientes, se calcula
que para el año 2050, un país como España
tendrá cerca de 13 de millones de trabajadores extranjeros.
Estamos ante un proceso
de cambio social y cultural de incalculables proporciones, que
debe hacernos reaccionar. Se ha dicho que la Iglesia perdió
la clase obrera en los siglos xix y xx, abandonándola en
manos de movimientos revolucionarios, por no haber sabido
movilizar los recursos de que disponía en favor de los
trabajadores explotados, que es justamente lo que pedía
Federico Ozanam. La experiencia de los errores del pasado debería
ayudarnos a no ignorar el drama de los millares de trabajadores
que cruzan cada mes el Estrecho en embarcaciones de fortuna
buscando simplemente huir del espectro del hambre. ¿Sabrá
la Iglesia estar al lado de los nuevos esclavos del siglo XXI?
¿Pasará la Iglesia del siglo XXI a estos nuevos
bárbaros, y dar lugar a una nueva síntesis capaz de
fecundar con nuevos valores la cultura europea decadente? He aquí
el desafío.
5. Las nuevas
sociedades multiculturales
Esto nos lleva
directamente a otro gran compromiso de la hora actual: la
presencia de la Iglesia en una sociedad multicultural y
pluralista. El imparable flujo de emigrantes procedentes de
ambientes culturales diferentes, no sólo provocará
un profundo cambio social, sino también cultural. El
respeto a la identidad cultural de los recién llegados no
puede ponerse en discusión. Este derecho sin embargo es
correlativo al respeto por la identidad cultural del pueblo de
acogida, que no puede menospreciarse en aras de una mal entendida
tolerancia. De otro modo se estarían reproduciendo, a la
inversa, la destrucción cultural cometida con frecuencia en
el pasado por colonizadores europeos en otros pueblos. Europa
tiene su propia identidad cultural. No es una tabla rasa en la que
se parte de cero, o por usar la expresión de Alain
Finkielkraut, el área «pic-nic» de la
autopista, donde cada uno aporta su propia comida (20). Europa
tiene su propia identidad, en cuya forja el Cristianismo no ha
sido sólo un factor accidental.
El mensaje de Año
Nuevo del Santo Padre, dedicado precisamente al diálogo
entre las culturas, ofrece al respecto pautas iluminadoras (21).
Nos exige ser a la vez audaces en el diálogo intercultural,
sin renunciar a la propia identidad. Es importante para países
como Francia, España, Italia, amenazados de una actitud de
entreguismo que renuncia a priori y sin condiciones a su propia
identidad cultural, como ignorando su propio pasado. Un país
que renuncia a su propia memoria colectiva, está condenado
a vivir bajo la dictadura de lo social, que es el imperio del
presente, en el que los muertos no tienen voz y sólo
cuentan los vivos. De todas las necesidades del alma humana
-escribe Simone Weil, ninguna es tan vital como el pasado, que no
consiste en querer vivir en otra época, sino en conservar
un vínculo y escapar a la tiranía del presente (22).
Cuando ala base del
modelo pluralista existe únicamente una concepción
relativista de los valores, la democracia se ve amenazada en sus
mismos fundamentos. La democracia tal y como la conocemos, ha
surgido sobre la base de un sistema de valores impregnado, en
mayor o menor medida, por una concepción cristiana del
hombre y de la sociedad. Nuestras democracias en Europa están
enfermas, precisamente por su patética desvinculación
del sistema de referencia a partir del cual han sido engendradas.
Es urgente devolver un alma a nuestras democracias, propiciar un
profundo rearme ético que tenga en cuenta sus raíces
profundas. La Iglesia, como experta en humanidad y conocedora a
fondo del corazón humano, tiene mucho que decir en la tarea
de formar una conciencia cívica y política. No es el
sueño nostálgico de un protagonismo perdido, sino la
conciencia del papel que tiene que desempeñar en el sistema
democrático.
6. La revolución
informática
Llegamos así a la
revolución informática, la llamada tercera
revolución, que está transformando a marchas
agigantadas nuestro modo de acceso al mundo. En muy pocos años,
hemos asistido a un desarrollo impresionante de las técnicas
de comunicación a distancia, y ala creación de una
red mundial, Internet. Paul Ricoeur, el infatigable buscador del
sentido de las cosas, hace un diagnóstico implacable del
mal de nuestro tiempo: hay una hipertrofia de los medios y una
atrofia de los fines. Hay demasiados medios para los escasos y
raquíticos fines que se proponen en nuestra sociedad.
Tenemos mucha información, sabemos más, pero esta
información no nos hace más sabios, ni por tanto,
mejores (23).
A nadie se le oculta que
estos valores positivos, estas promesas, se presentan de la mano
de formidables amenazas y desafíos no sólo para la
Iglesia, sino para el hombre. ¿No es significativo que «El
Gran Hermano» haya sido el programa más visto en
buena parte de los países de Europa Occidental, y que la
omnipresente vigilancia de las cámaras haya sido
protagonista de diversos films? Parece como si en nuestros tiempos
se cumpliera realmente lo que Berkely afirmara: esse est percipi.
Lo que no se percibe a través de los medios, es como si no
existiera.
La Iglesia vive en este
mundo, usando estos medios de comunicación. No puede
prescindir de ellos, pues su misión primera y esencial es
comunicar una Buena Noticia. Es posible establecer una simbiosis
fecunda en la que la Iglesia del recuerdo, de la sabiduría
y del gozo puede salvar a los medios de la transitoriedad, la
dispersión y el ocio sin sentido; y a su vez, los medios
pueden aportar a la Iglesia frescura, atención al mundo
contemporáneo y un modo atractivo y agradable de comunicar
el anuncio de Jesucristo (24). La Iglesia, que es comunicadora por
excelencia, puede aprender mucho de los medios de comunicación.
Los medios, que viven de lo efímero, pueden aprender de la
Iglesia, que es experta en humanidad.
7. La tutela del medio
ambiente
El desarrollo de la
economía y el agotamiento de ciertos recursos naturales ha
colocado en primer plano la urgencia por la conservación
del medio ambiente. El cambio climático, el efecto
invernadero, el avance de la desertización, han dejado de
ser problemas teóricos para convertirse en una preocupación
de todos. Es una nueva conciencia ecológica, llena de
incoherencias, pues al mismo tiempo que nos preocupa la
contaminación y pérdida de ambientes naturales, y
soñamos con el encanto de una vida en contacto con la
naturaleza, estamos dispuestos a hacer bien poco por renunciar a
las comodidades responsables del desgaste medioambiental: no
queremos renunciar a las autopistas, ni a la calefacción en
invierno, ni al aire acondicionado en verano.
Para la Iglesia, esta
nueva conciencia ecológica es un desafío y una
oportunidad: conducir al hombre hacia la trascendencia,
enseñándole a recorrer el camino que parte de la
experiencia de la creación y desemboca en el conocimiento
del creador, superando la tentación de divinizar la Tierra.
La Escritura y el ejemplo de algunos santos, cuyo paradigma es San
Francisco de Asís, ofrecen puntos de apoyo para esta
evangelización de la ecología.
6-Catecismo y política
ALGUNOS TEXTOS DEL CATECISMO DE
LA IGLESIA CATÓLICA QUE PUEDEN SERVIR DE REFERENCIA
407La doctrina sobre el
pecado original - vinculada a la de la Redención de Cristo-
proporciona una mirada de discernimiento lúcido sobre la
situación del hombre y de su obrar en el mundo. Por el
pecado de los primeros padres, el diablo adquirió un cierto
dominio sobre el hombre, aunque éste permanezca libre. El
pecado original entraña .la servidumbre bajo el poder del
que poseía el imperio de la muerte, es decir, del diablo..
Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al
mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación,
de la política, de la acción social y de las
costumbres.
439Numerosos judíos
e incluso ciertos paganos que compartían su esperanza
reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del
mesiánico .hijo de David. prometido por Dios a Israel.
Jesús aceptó el título de Mesías al
cual tenía derecho, pero no sin reservas porque una parte
de sus contemporáneos lo comprendían según
una concepción demasiado humana, esencialmente política.
596Las autoridades
religiosas de Jerusalén no fueron unánimes en la
conducta a seguir respecto de Jesús. Los fariseos
amenazaron de excomunión a los que le siguieran. A los que
temían que .todos creerían en él; y vendrían
los romanos y destruirían nuestro Lugar Santo y nuestra
nación., (Jn 11, 48), el sumo sacerdote Caifás les
propuso profetizando: .Es mejor que muera uno solo por el pueblo y
no que perezca toda la nación. (Jn 11, 49-50). El Sanedrín
declaró a Jesús .reo de muerte. (Mt 26, 66) como
blasfemo, pero, habiendo perdido el derecho a condenar a muerte a
nadie, entregó a Jesús a los romanos acusándole
de revuelta política, lo que le pondrá en paralelo
con Barrabás acusado de .sedición.. Son también
las amenazas políticas las que los sumos sacerdotes ejercen
sobre Pilato para que éste condene a muerte a Jesús.
676Esta impostura del
Anticristo aparece esbozada ya en el mundo cada vez que se
pretende llevar a cabo la esperanza mesiánica en la
historia, lo cual no puede alcanzarse sino más allá
del tiempo histórico a través del juicio
escatológico: incluso en su forma mitigada, la Iglesia ha
rechazado esta falsificación del Reino futuro con el nombre
de milenarismo, sobre todo bajo la forma política de un
mesianismo secularizado, .intrínsecamente perverso..
1900El deber de
obediencia impone a todos la obligación de dar a la
autoridad los honores que le son debidos, y de rodear de respeto
y, según su mérito, de gratitud y de benevolencia a
las personas que la ejercen.
La más antigua oración
de la Iglesia por la autoridad política tiene como autor a
san Clemente Romano: .Concédeles, Señor, la salud,
la paz, la concordia, la estabilidad, para que ejerzan sin
tropiezo la soberanía que tú les has entregado. Eres
tú, Señor, rey celestial de los siglos, quien da a
los hijos de los hombres gloria, honor y poder sobre las cosas de
la tierra. Dirige, Señor, su consejo según lo que es
bueno, según lo que es agradable a tus ojos, para que
ejerciendo con piedad, en la paz y la mansedumbre, el poder que
les has dado, te encuentren propicio..
1910Si toda comunidad
humana posee un bien común que la configura en cuanto tal,
la realización más completa de este bien común
se verifica en la comunidad política. Corresponde al Estado
defender y promover el bien común de la sociedad civil, de
los ciudadanos y de las instituciones intermedias.
1920.La comunidad política
y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana y
por ello pertenecen al orden querido por Dios..
1923La autoridad política
debe actuar dentro de los límites del orden moral y debe
garantizar las condiciones del ejercicio de la libertad.
2109El derecho a la
libertad religiosa no puede ser de suyo ni ilimitado, ni limitado
solamente por un .orden público. concebido de manera
positivista o naturalista. Los .justos límites. que le son
inherentes deben ser determinados para cada situación
social por la prudencia política, según las
exigencias del bien común, y ratificados por la autoridad
civil según .normas jurídicas, conforme con el orden
objetivo moral..
2211La comunidad política
tiene el deber de honrar a la familia, asistirla y asegurarle
especialmente: la libertad de fundar un hogar, de tener hijos y de
educarlos de acuerdo con sus propias convicciones morales y
religiosas;
.la protección de
la estabilidad del vínculo conyugal y de la institución
familiar;
.la libertad de profesar
su fe, transmitirla, educar a sus hijos en ella, con los medios y
las instituciones necesarios;
.el derecho a la
propiedad privada, a la libertad de iniciativa, a tener un
trabajo, una vivienda, el derecho a emigrar;
.conforme a las
instituciones del país, el derecho a la atención
médica, a la asistencia de las personas de edad, a los
subsidios familiares;
.la protección de
la seguridad y la higiene, especialmente por lo que se refiere a
peligros como la droga, la pornografía, el alcoholismo,
etc.;
.la libertad para formar
asociaciones con otras familias y de estar así
representadas ante las autoridades civiles.
2239Deber de los
ciudadanos es cooperar con la autoridad civil al bien de la
sociedad en espíritu de verdad, justicia, solidaridad y
libertad. El amor y el servicio de la patria forman parte del
deber de gratitud y del orden de la caridad. La sumisión a
las autoridades legítimas y el servicio del bien común
exigen de los ciudadanos que cumplan con su responsabilidad en la
vida de la comunidad política.
2242El ciudadano
tiene obligación en conciencia de no seguir las
prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos
son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos
fundamentales de las personas o a las enseñanzas del
Evangelio. El rechazo de la obediencia a las autoridades civiles,
cuando sus exigencias son contrarias a las de la recta conciencia,
tiene su justificación en la distinción entre el
servicio de Dios y el servicio de la comunidad política.
.Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es
de Dios. (Mt 22, 21). .Hay que obedecer a Dios antes que a los
hombres. (Hch 5, 29):
Cuando la autoridad
pública, excediéndose en sus competencias, oprime a
los ciudadanos, éstos no deben rechazar las exigencias
objetivas del bien común; pero les es lícito
defender sus derechos y los de sus conciudadanos contra el abuso
de esta autoridad, guardando los límites que señala
la ley natural y evangélica.
La comunidad
política y la Iglesia
2245La Iglesia, que
por razón de su misión y de su competencia, no se
confunde en modo alguno con la comunidad política, es a la
vez signo y salvaguardia del carácter trascendente de la
persona humana. La Iglesia .respeta y promueve también la
libertad y la responsabilidad política de los ciudadanos..
2273El derecho
inalienable de todo individuo humano inocente a la vida constituye
un elemento constitutivo de la sociedad civil y de su legislación:
.Los derechos
inalienables de la persona deben ser reconocidos y respetados por
parte de la sociedad civil y de la autoridad política.
Estos derechos del hombre no están subordinados ni a los
individuos ni a los padres, y tampoco son una concesión de
la sociedad o del Estado: pertenecen a la naturaleza humana y son
inherentes a la persona en virtud del acto creador que la ha
originado. Entre esos derechos fundamentales es preciso recordar a
este propósito el derecho de todo ser humano a la vida y a
la integridad física desde la concepción hasta la
muerte..
2406La autoridad
política tiene el derecho y el deber de regular en función
del bien común el ejercicio legítimo del derecho de
propiedad.
2438Diversas
causas, de naturaleza religiosa, política, económica
y financiera, confieren hoy a la cuestión social .una
dimensión mundial.. Es necesaria la solidaridad entre las
naciones cuyas políticas son ya interdependientes. Es
todavía más indispensable cuando se trata de acabar
con los .mecanismos perversos. que obstaculizan el desarrollo de
los países menos avanzados. Es preciso sustituir los
sistemas financieros abusivos, si no usurarios, las relaciones
comerciales inicuas entre las naciones, la carrera de armamentos,
por un esfuerzo común para movilizar los recursos hacia
objetivos de desarrollo moral, cultural y económico .
redefiniendo las prioridades y las escalas de valores..
2442No corresponde
a los pastores de la Iglesia intervenir directamente en la
actividad política y en la organización de la vida
social. Esta tarea forma parte de la vocación de los fieles
laicos, que actúan por su propia iniciativa con sus
conciudadanos. La acción social puede implicar una
pluralidad de vías concretas. Deberá atender siempre
al bien común y ajustarse al mensaje evangélico y a
la enseñanza de la Iglesia. Pertenece a los fieles laicos
.animar, con su compromiso cristiano, las realidades y, en ellas,
procurar ser testigos y operadores de paz y de justicia..
2492Se debe guardar
la justa reserva respecto a la vida privada de la gente. Los
responsables de la comunicación deben mantener un justo
equilibrio entre las exigencias del bien común y el respeto
de los derechos particulares. La ingerencia de la información
en la vida privada de personas comprometidas en una actividad
política o pública, es condenable en la medida en
que atenta contra su intimidad y libertad
7-Amar al mundo apasionadamente
(San Josemaría Escrivá)
113 Acabáis de escuchar
la lectura solemne de los dos textos de la Sagrada Escritura,
correspondientes a la Misa del domingo XXI después de
Pentecostés. Haber oído la Palabra de Dios os sitúa
ya en el ámbito en el que quieren moverse estas palabras
mías que ahora os dirijo: palabras de sacerdote,
pronunciadas ante una gran familia de hijos de Dios en su Iglesia
Santa. Palabras, pues, que desean ser sobrenaturales, pregoneras
de la grandeza de Dios y de sus misericordias con los hombres:
palabras que os dispongan a la impresionante Eucaristía que
hoy celebramos en el campus de la Universidad de Navarra.
Considerar unos instantes el
hecho que acabo de mencionar. Celebramos la Sagrada Eucaristía,
el sacrificio sacramental del Cuerpo y de la Sangre del Señor,
ese misterio de fe que anuda en sí todos los misterios del
Cristianismo. Celebramos, por tanto, la acción más
sagrada y trascendente que los hombres, por la gracia de Dios,
podemos realizar en esta vida: comulgar con el Cuerpo y la Sangre
del Señor viene a ser, en cierto sentido, como desligarnos
de nuestras ataduras de tierra y de tiempo, para estar ya con Dios
en el Cielo, donde Cristo mismo enjugará las lágrimas
de nuestros ojos y donde no habrá muerte, ni llanto, ni
gritos de fatiga, porque el mundo viejo ya habrá terminado.
Esta verdad tan consoladora y
profunda, esta significación escatológica de la
Eucaristía, como suelen denominarla los teólogos,
podría, sin embargo, ser malentendida: lo ha sido siempre
que se ha querido presentar la existencia cristiana como algo
solamente espiritual -espiritualista, quiero decir-, propio de
gentes puras, extraordinarias, que no se mezclan con las cosas
despreciables de este mundo, o, a lo más, que las toleran
como algo necesariamente yuxtapuesto al espíritu, mientras
vivimos aquí.
Cuando se ven las cosas de este
modo, el templo se convierte en el lugar por antonomasia de la
vida cristiana; y ser cristiano es, entonces, ir al templo,
participar en sagradas ceremonias, incrustarse en una sociología
eclesiástica, en una especie de mundo segregado, que se
presenta a sí mismo como la antesala del cielo, mientras el
mundo común recorre su propio camino. La doctrina del
Cristianismo, la vida de la gracia, pasarían, pues, como
rozando el ajetreado avanzar de la historia humana, pero sin
encontrarse con él.
En esta mañana de
octubre, mientras nos disponemos a adentrarnos en el memorial de
la Pascua del Señor, respondemos sencillamente que no a esa
visión deformada del Cristianismo. Reflexionad por un
momento en el marco de nuestra Eucaristía, de nuestra
Acción de Gracias: nos encontramos en un templo singular;
podría decirse que la nave es el campus universitario; el
retablo, la Biblioteca de la Universidad; allá, la
maquinaria que levanta nuevos edificios; y arriba, el cielo de
Navarra...
¿No os confirma esta
enumeración, de una forma plástica e inolvidable,
que es la vida ordinaria el verdadero lugar de nuestra existencia
cristiana? Hijos míos, allí donde están
vuestros hermanos los hombres, allí donde están
vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí
está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo.
Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra,
donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los
hombres.
114 Lo he enseñado
constantemente con palabras de la Escritura Santa: el mundo no es
malo, porque ha salido de las manos de Dios, porque es criatura
suya, porque Yahvé lo miró y vio que era bueno.
Somos los hombres los que lo hacemos malo y feo, con nuestros
pecados y nuestras infidelidades. No lo dudéis, hijos míos:
cualquier modo de evasión de las honestas realidades
diarias es para vosotros, hombres y mujeres del mundo, cosa
opuesta a la voluntad de Dios.
Por el contrario, debéis
comprender ahora -con una nueva claridad- que Dios os llama a
servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de
la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un
hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la
fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia
y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada
día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en
las situaciones más comunes, que toca a cada uno de
vosotros descubrir.
Yo solía decir a
aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían
junto a mí por los años treinta, que tenían
que saber materializar la vida espiritual. Quería
apartarlos así de la tentación, tan frecuente
entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior,
la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra,
distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena
de pequeñas realidades terrenas.
¡Que no, hijos míos!
Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como
esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una
única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa
es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena
de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más
visibles y materiales.
No hay otro camino, hijos míos:
o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o
no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita
nuestra época devolver -a la materia y a las situaciones
que parecen más vulgares- su noble y original sentido,
ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas,
haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro
continuo con Jesucristo.
115 El auténtico sentido
cristiano -que profesa la resurrección de toda carne- se
enfrentó siempre, como es lógico, con la
desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es
lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que
se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu.
¿Qué son los
sacramentos -huellas de la Encarnación del Verbo, como
afirmaron los antiguos- sino la más clara manifestación
de este camino, que Dios ha elegido para santificarnos y llevarnos
al Cielo? ¿No veis que cada sacramento es el amor de Dios,
con toda su fuerza creadora y redentora, que se nos da sirviéndose
de medios materiales? ¿Qué es esta Eucaristía
-ya inminente- sino el Cuerpo y la Sangre adorables de nuestro
Redentor, que se nos ofrece a través de la humilde materia
de este mundo -vino y pan-, a través de los elementos de la
naturaleza, cultivados por el hombre, como el último
Concilio Ecuménico ha querido recordar?.
Se comprende, hijos, que el
Apóstol pudiera escribir: todas las cosas son vuestras,
vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios. Se trata de un
movimiento ascendente que el Espíritu Santo, difundido en
nuestros corazones, quiere provocar en el mundo: desde la tierra,
hasta la gloria del Señor. Y para que quedara claro que -en
ese movimiento- se incluía aun lo que parece más
prosaico, San Pablo escribió también: ya comáis,
ya bebáis, hacedlo todo para la gloria de Dios.
116
Esta doctrina de la Sagrada Escritura, que se encuentra -como
sabéis- en el núcleo mismo del espíritu del
Opus Dei, os ha de llevar a realizar vuestro trabajo con
perfección, a amar a Dios y a los hombres al poner amor en
las cosas pequeñas de vuestra jornada habitual,
descubriendo ese algo divino que en los detalles se encierra. ¡Qué
bien cuadran aquí aquellos versos del poeta de Castilla!:
Despacito, y buena letra: / el hacer las cosas bien / importa más
que el hacerlas.
Os aseguro, hijos míos,
que cuando un cristiano desempeña con amor lo más
intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la
trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido
martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer
endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea
del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la
tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros
corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria...
Vivir santamente la vida
ordinaria, acabo de deciros. Y con esas palabras me refiero a todo
el programa de vuestro quehacer cristiano. Dejaos, pues, de
sueños, de falsos idealismos, de fantasías, de eso
que suelo llamar mística ojalatera -¡ojalá no
me hubiera casado, ojalá no tuviera esta profesión,
ojalá tuviera más salud, ojalá fuera joven,
ojalá fuera viejo!...-, y ateneos, en cambio, sobriamente,
a la realidad más material e inmediata, que es donde está
el Señor: mirad mis manos y mis pies, dijo Jesús
resucitado: soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no
tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.
Son muchos los aspectos del
ambiente secular, en el que os movéis, que se iluminan a
partir de estas verdades. Pensad, por ejemplo, en vuestra
actuación como ciudadanos en la vida civil. Un hombre
sabedor de que el mundo -y no sólo el templo- es el lugar
de su encuentro con Cristo, ama ese mundo, procura adquirir una
buena preparación intelectual y profesional, va formando
-con plena libertad- sus propios criterios sobre los problemas del
medio en que se desenvuelve; y toma, en consecuencia, sus propias
decisiones que, por ser decisiones de un cristiano, proceden
además de una reflexión personal, que intenta
humildemente captar la voluntad de Dios en esos detalles pequeños
y grandes de la vida.
117 Pero a ese cristiano jamás
se le ocurre creer o decir que él baja del templo al mundo
para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son las
soluciones católicas a aquellos problemas. ¡Esto no
puede ser, hijos míos! Esto sería clericalismo,
catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier
caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas. Tenéis
que difundir por todas partes una verdadera mentalidad laical, que
ha de llevar a tres conclusiones: a ser lo suficientemente
honrados, para pechar con la propia responsabilidad personal; a
ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en
la fe, que proponen -en materias opinables- soluciones diversas a
la que cada uno de nosotros sostiene; y a ser lo suficientemente
católicos, para no servirse de nuestra Madre la Iglesia,
mezclándola en banderías humanas.
Se ve claro que, en este
terreno como en todos, no podríais realizar ese programa de
vivir santamente la vida ordinaria, si no gozarais de toda la
libertad que os reconocen -a la vez- la Iglesia y vuestra dignidad
de hombres y de mujeres creados a imagen de Dios. La libertad
personal es esencial en la vida cristiana. Pero no olvidéis,
hijos míos, que hablo siempre de una libertad responsable.
Interpretad, pues, mis
palabras, como lo que son: una llamada a que ejerzáis -¡a
diario!, no sólo en situaciones de emergencia- vuestros
derechos; y a que cumpláis noblemente vuestras obligaciones
como ciudadanos -en la vida política, en la vida económica,
en la vida universitaria, en la vida profesional-, asumiendo con
valentía todas las consecuencias de vuestras decisiones
libres, cargando con la independencia personal que os corresponde.
Y esta cristiana mentalidad laical os permitirá huir de
toda intolerancia, de todo fanatismo -lo diré de un modo
positivo-, os hará convivir en paz con todos vuestros
conciudadanos, y fomentar también la convivencia en los
diversos órdenes de la vida social.
118 Sé que no tengo
necesidad de recordar lo que, a lo largo de tantos años, he
venido repitiendo. Esta doctrina de libertad ciudadana, de
convivencia y de comprensión, forma parte muy principal del
mensaje que el Opus Dei difunde. ¿Tendré que volver
a afirmar que los hombres y las mujeres, que quieren servir a
Jesucristo en la Obra de Dios, son sencillamente ciudadanos
iguales a los demás, que se esfuerzan por vivir con seria
responsabilidad -hasta las últimas conclusiones- su
vocación cristiana?
Nada distingue a mis hijos de
sus conciudadanos. En cambio, fuera de la Fe, nada tienen en común
con los miembros de las congregaciones religiosas. Amo a los
religiosos y venero y admiro sus clausuras, sus apostolados, su
apartamiento del mundo -su contemptus mundi-, que son otros signos
de santidad en la Iglesia. Pero el Señor no me ha dado
vocación religiosa, y desearla para mí sería
un desorden. Ninguna autoridad en la tierra me podrá
obligar a ser religioso, como ninguna autoridad puede forzarme a
contraer matrimonio. Soy sacerdote secular: sacerdote de
Jesucristo, que ama apasionadamente el mundo.
119 Quienes
han seguido a Jesucristo -conmigo, pobre pecador- son: un pequeño
tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una
profesión o un oficio laical; un gran número de
sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo -que así
confirman su obediencia a sus respectivos Obispos y su amor y la
eficacia de su trabajo diocesano-, siempre con los brazos abiertos
en cruz para que todas las almas quepan en sus corazones, y que
están como yo en medio de la calle, en el mundo, y lo aman;
y la gran muchedumbre formada por hombres y por mujeres -de
diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas- que
viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros
muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave
tarea de hacer más humana y más justa la sociedad
temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal
responsabilidad -repito-, experimentando con los demás
hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de
cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y
cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano
consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus
colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que
reverberan en las realidades más vulgares.
También las obras, que
-en cuanto asociación- promueve el Opus Dei, tienen esas
características eminentemente seculares: no son obras
eclesiásticas. No gozan de ninguna representación
oficial de la Sagrada Jerarquía de la Iglesia. Son obras de
promoción humana, cultural, social, realizadas por
ciudadanos, que procuran iluminarlas con las luces del Evangelio y
caldearlas con el amor de Cristo. Un dato os lo aclarará:
el Opus Dei, por ejemplo, no tiene ni tendrá jamás
como misión regir Seminarios diocesanos, donde los Obispos
instituidos por el Espíritu Santo preparan a sus futuros
sacerdotes.
120 Fomenta, en cambio, el Opus
Dei centros de formación obrera, de capacitación
campesina, de enseñanza primaria, media y universitaria, y
tantas y tan variadas labores más, en todo el mundo, porque
su afán apostólico -escribí hace muchos años-
es un mar sin orillas.
Pero ¿cómo me he
de alargar en esta materia, si vuestra misma presencia es más
elocuente que un prolongado discurso? Vosotros, Amigos de la
Universidad de Navarra, sois parte de un pueblo que sabe que está
comprometido en el progreso de la sociedad, a la que pertenece.
Vuestro aliento cordial, vuestra oración, vuestro
sacrificio y vuestras aportaciones no discurren por los cauces de
un confesionalismo católico: al prestar vuestra cooperación
sois claro testimonio de una recta conciencia ciudadana,
preocupada del bien común temporal; atestiguáis que
una Universidad puede nacer de las energías del pueblo, y
ser sostenida por el pueblo.
Una vez más quiero, en
esta ocasión, agradecer la colaboración que rinden a
nuestra Universidad mi nobilísima ciudad de Pamplona, la
grande y recia región Navarra; los Amigos procedentes de
toda la geografía española y -con particular emoción
lo digo- los no españoles, y aun los no católicos y
los no cristianos, que han comprendido, y lo muestran con hechos,
la intención y el espíritu de esta empresa.
A todos se debe que la
Universidad sea un foco, cada vez más vivo, de libertad
cívica, de preparación intelectual, de emulación
profesional, y un estímulo para la enseñanza
universitaria. Vuestro sacrificio generoso está en la base
de la labor universal, que busca el incremento de las ciencias
humanas, la promoción social, la pedagogía de la fe.
Lo que acabo de señalar
lo ha visto con claridad el pueblo navarro, que reconoce también
en su Universidad ese factor de promoción económica
para la región y, especialmente, de promoción
social, que ha permitido a tantos de sus hijos un acceso a las
profesiones intelectuales, que -de otro modo- sería arduo
y, en ciertos casos, imposible. El entendimiento del papel que la
Universidad habría de jugar en su vida, es seguro que
motivó el apoyo que Navarra le dispensó desde un
principio: apoyo que sin duda habrá de ser, de día
en día, más amplio y entusiasta.
Sigo manteniendo la esperanza
-porque responde a un criterio justo y a la realidad vigente en
tantos países- de que llegará el momento en el que
el Estado español contribuirá, por su parte, a
aliviar las cargas de una tarea que no persigue provecho privado
alguno, sino que -al contrario- por estar totalmente consagrada al
servicio de la sociedad, procura trabajar con eficacia por la
prosperidad presente y futura de la nación.
121 Y ahora, hijos e hijas,
dejadme que me detenga en otro aspecto -particularmente
entrañable- de la vida ordinaria. Me refiero al amor
humano, al amor limpio entre un hombre y una mujer, al noviazgo,
al matrimonio. He de decir una vez más que ese santo amor
humano no es algo permitido, tolerado, junto a las verdaderas
actividades del espíritu, como podría insinuarse en
los falsos espiritualismos a que antes aludía. Llevo
predicando de palabra y por escrito todo lo contrario desde hace
cuarenta años, y ya lo van entendiendo los que no lo
comprendían.
El amor, que conduce al
matrimonio y a la familia, puede ser también un camino
divino, vocacional, maravilloso, cauce para una completa
dedicación a nuestro Dios. Realizad las cosas con
perfección, os he recordado, poned amor en las pequeñas
actividades de la jornada, descubrid -insisto- ese algo divino que
en los detalles se encierra: toda esta doctrina encuentra especial
lugar en el espacio vital, en el que se encuadra el amor humano.
Ya lo sabéis,
profesores, alumnos, y todos los que dedicáis vuestro
quehacer a la Universidad de Navarra: he encomendado vuestros
amores a Santa María, Madre del Amor Hermoso. Y ahí
tenéis la ermita que hemos construido con devoción,
en el campus universitario, para que recoja vuestras oraciones y
la oblación de ese estupendo y limpio amor, que Ella
bendice.
¿No sabíais que
vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habéis
recibido de Dios, y que no os pertenecéis?. ¡Cuántas
veces, ante la imagen de la Virgen Santa, de la Madre del Amor
Hermoso, responderéis con una afirmación gozosa a la
pregunta del Apóstol!: Sí, lo sabemos y queremos
vivirlo con tu ayuda poderosa, oh Virgen Madre de Dios.
La oración contemplativa
surgirá en vosotros cada vez que meditéis en esta
realidad impresionante: algo tan material como mi cuerpo ha sido
elegido por el Espíritu Santo para establecer su morada...,
ya no me pertenezco..., mi cuerpo y mi alma -mi ser entero- son de
Dios... Y esta oración será rica en resultados
prácticos, derivados de la gran consecuencia que el mismo
Apóstol propone: glorificad a Dios en vuestro cuerpo.
122 Por otra parte, no podéis
desconocer que sólo entre los que comprenden y valoran en
toda su profundidad cuanto acabamos de considerar acerca del amor
humano, puede surgir esa otra comprensión inefable de la
que hablará Jesús, que es un puro don de Dios y que
impulsa a entregar el cuerpo y el alma al Señor, a
ofrecerle el corazón indiviso, sin la mediación del
amor terreno.
123 Debo terminar ya, hijos
míos. Os dije al comienzo que mi palabra querría
anunciaros algo de la grandeza y de la misericordia de Dios.
Pienso haberlo cumplido, al hablaros de vivir santamente la vida
ordinaria: porque una vida santa en medio de la realidad secular
-sin ruido, con sencillez, con veracidad-, ¿no es hoy acaso
la manifestación más conmovedora de las magnalia
Dei, de esas portentosas misericordias que Dios ha ejercido
siempre, y no deja de ejercer, para salvar al mundo?
Ahora os pido con el salmista
que os unáis a mi oración y a mi alabanza:
magnificate Dominum mecum, et extollamus nomen eius simul;
engrandeced al Señor conmigo, y ensalcemos su nombre todos
juntos. Es decir, hijos míos, vivamos de fe.
Tomemos el escudo de la fe, el
casco de salvación y la espada del espíritu que es
la Palabra de Dios. Así nos anima el Apóstol San
Pablo en la epístola a los de Efeso, que hace unos momentos
se proclamaba litúrgicamente.
Fe, virtud que tanto
necesitamos los cristianos, de modo especial en este año de
la fe que ha promulgado nuestro amadísimo Santo Padre el
Papa Paulo VI: porque, sin la fe, falta el fundamento mismo para
la santificación de la vida ordinaria.
Fe viva en estos momentos,
porque nos acercamos al mysterium fidei, a la Sagrada Eucaristía;
porque vamos a participar en esta Pascua del Señor, que
resume y realiza las misericordias de Dios con los hombres.
Fe, hijos míos, para
confesar que, dentro de unos instantes, sobre este ara, va a
renovarse la obra de nuestra Redención. Fe, para saborear
el Credo y experimentar, en torno a este altar y en esta Asamblea,
la presencia de Cristo, que nos hace cor unum et anima una, un
solo corazón y una sola alma; y nos convierte en familia,
en Iglesia, una, santa, católica, apostólica y
romana, que para nosotros es tanto como universal.
Fe, finalmente, hijas e hijos
queridísimos, para demostrar al mundo que todo esto no son
ceremonias y palabras, sino una realidad divina, al presentar a
los hombres el testimonio de una vida ordinaria santificada, en el
Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y de Santa
María
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